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Gustavo Matosas: “El camino del fútbol no tiene atajos”

Hay conversaciones que empiezan hablando de fútbol y terminan hablando de la vida. Con Gustavo Matosas pasa eso. Uno se sienta frente a él esperando hablar de sistemas, de campeonatos, de jugadores, de vestuarios, y al rato aparece algo más profundo: el padre, la familia, el dolor, la gratitud, la formación, la pelota, el barrio y esa vieja esencia uruguaya que parece simple, pero que sostuvo durante décadas a nuestro fútbol.

Matosas fue futbolista, fue campeón, fue entrenador exitoso y recorrió el mundo. Pero cuando habla, no lo hace desde el pedestal del título. Habla desde el camino. Desde lo que cuesta llegar. Desde lo que se pierde y lo que queda.

Y quizá por eso, después de un Mundial duro para Uruguay, donde la Celeste volvió a quedarse demasiado temprano por el camino, su mirada tiene un valor especial. Porque no alcanza con discutir nombres, esquemas o entrenadores. Hay una pregunta más de fondo: ¿qué parte de nuestra identidad futbolística dejamos de cuidar?

Gustavo no esquiva la respuesta.

-El auténtico valor está en no acortar el camino -dice-. Hay que saber que el camino es largo, difícil y que es necesario recorrerlo. No hay atajos. A veces hay piedras, hay sufrimiento, pero nunca hay que darse por vencido.

Esa frase, en boca de Matosas, no suena a discurso armado. Suena a vida recorrida. A vestuario. A cancha pesada. A jugador que tuvo que ganarse el lugar. A entrenador que tuvo que volver a empezar muchas veces.

Y enseguida aparece una definición que parece escrita para entender al futbolista uruguayo de antes, al de potrero, al de barrio, al que se hacía fuerte en la dificultad.

-El uruguayo no se da por vencido ni aun estando vencido.

Ahí está una de las claves. Uruguay siempre fue competitivo no solo por talento. Fue competitivo por carácter, por oficio, por rebeldía, por saber sufrir, por entender los momentos del partido. Pero esa identidad no aparece sola. Se enseña. Se transmite. Se trabaja. Se vive.

Después del golpe mundialista, la tentación es mirar únicamente la táctica. Pero Matosas va más abajo. Para él, el fútbol uruguayo tiene que volver a mirar la base. La formación. El gesto técnico. El respeto por quienes vinieron antes. La competencia real. La humildad del aprendizaje.

-Hoy parece que todo tiene que ser rápido -reflexiona-. El jugador quiere llegar rápido, el padre quiere que el hijo llegue rápido, el entorno quiere resultados rápidos. Pero el fútbol no funciona así. El fútbol tiene un camino. Y si uno saltea pasos, tarde o temprano la cancha te lo cobra.

Gustavo sabe de qué habla. Nació dentro de una familia futbolera. Su padre, Roberto Matosas, fue una referencia. Pero más que una herencia deportiva, Gustavo recibió una formación humana.

-Mi padre me enseñó a ser una buena persona antes que un buen futbolista. Me enseñó el respeto, la humildad y el valor del esfuerzo.

Ese respeto por la historia aparece varias veces en la charla. Y en un momento, Matosas detiene la conversación y mira hacia el otro lado de la mesa. Ya no habla del fútbol uruguayo en general. Habla de Hebert Revetria. Del delantero que veía de chico. Del goleador bravo. Del atacante que no daba una pelota por perdida.

-Para mí estar acá con vos es un verdadero honor. Cuando era chico te veía hacer goles en México y después en Peñarol. Creo que una de las cosas que se han perdido es reconocer el valor de quienes estuvieron antes que nosotros.

La frase queda flotando. Porque toca un punto delicado. El fútbol moderno a veces corre tanto hacia adelante que se olvida de mirar atrás. Se habla de datos, métricas, modelos, plataformas y tendencias. Todo sirve. Todo suma. Pero si se pierde la memoria, se pierde una parte del alma.

Matosas insiste en eso.

-Los jugadores jóvenes tienen que saber quiénes estuvieron antes. Tienen que escuchar. Tienen que aprender. No por nostalgia, sino porque ahí hay experiencia. Hay golpes. Hay errores. Hay verdades que no aparecen en los libros.

Y vuelve sobre Revetria, con una sonrisa de esas que mezclan respeto y picardía de cancha.

-No era fácil pegarte porque después ibas y devolvías. Eras un delantero bravísimo.

No lo dice como elogio vacío. Lo dice como quien reconoce un tipo de futbolista. El delantero incómodo. El que chocaba. El que sabía jugar con el cuerpo. El que no se escondía. El que entendía que el fútbol también era carácter.

De ahí la conversación vuelve naturalmente a Uruguay. A lo que fuimos. A lo que somos. A lo que deberíamos recuperar.

-Volver a las raíces no significa jugar como hace cuarenta años -aclara Matosas-. Significa no perder lo esencial. Competir. Saber defender. Saber atacar. Saber pasar. Saber controlar. Saber cabecear. Saber estar en una cancha. El fútbol cambia, pero la base no cambia.

Y ahí aparece una de sus ideas más fuertes: la simpleza.

Hoy, si un jugador sabe controlar la pelota, pasársela al compañero y cabecear bien, puede jugar al fútbol.

Parece una frase menor, pero no lo es. Matosas habla de algo que en la formación muchas veces se da por hecho. Controlar bien. Pasar bien. Orientar bien. Perfilarse bien. Cabecear bien. Resolver fácil cuando hay que resolver fácil.

-Hay que trabajar los controles, los pases, los controles orientados y el cabeceo. Parece simple, pero ahí está la base de todo. Controlar y pasar bien la pelota no es tan fácil como parece. Pero quien aprende eso, ya tiene una gran parte del camino recorrido.

En tiempos donde el fútbol se explica con términos cada vez más sofisticados, Matosas baja la pelota al piso. Literalmente. Antes de hablar de presión alta, bloques, amplitud o transiciones, hay que formar jugadores que dominen el juego. Que sepan recibir. Que sepan jugar de espaldas. Que sepan cabecear. Que sepan competir.

Y tal vez ahí esté una de las grandes reflexiones para Uruguay después del Mundial. No se trata solo de cambiar nombres. Se trata de revisar cómo estamos formando. Qué le estamos enseñando al niño. Qué lugar ocupa el potrero. Qué lugar ocupa el club de barrio. Qué lugar ocupa el entrenador formador. Qué lugar ocupa la técnica. Qué lugar ocupa la exigencia.

Matosas también habla de los padres. Y lo hace con cuidado, pero con claridad.

-Todos quieren jugar al fútbol y todos los padres quieren que sus hijos jueguen al fútbol. Pero primero hay que buscar la felicidad de los hijos.

La frase es fuerte porque va contra una ansiedad muy común. La del entorno que ve al niño como proyecto antes que como persona. Para Matosas, antes que el contrato, antes que el representante, antes que el video, antes que la prueba, está el niño.

-Si el chico es feliz, aprende mejor. Si disfruta, escucha mejor. Si se siente acompañado y no presionado, crece mejor. Después el fútbol dirá hasta dónde llega. Pero primero tiene que ser feliz.

La charla toma entonces un tono más íntimo. Gustavo mira hacia atrás y repasa una carrera llena de estadios, títulos, viajes y vestuarios. Pero cuando se le pregunta de qué se siente más orgulloso, no elige una copa.

-¿De qué me siento más orgulloso? De las personas que conocí en el camino.

Para él, la vida fue poniéndole gente buena en momentos decisivos.

-Siempre encontré personas que me ayudaron de la nada. Y muchas veces me preguntaba: “¿Será verdad que esta persona es tan buena?”. Y sí, era verdad. Dios me fue poniendo gente maravillosa en el camino.

Por eso se define de una manera sencilla.

-Soy un tipo extremadamente afortunado.

La gratitud aparece como una constante. Recuerda especialmente sus años en México, cuando salía temprano rumbo al gimnasio y veía a cientos de personas esperando el ómnibus para ir a trabajar.

-Eso me hacía valorar muchísimo lo que tenía. Levantaba la mano al cielo y decía: “Gracias, Dios, porque tengo una vida muy buena”.

No era una pose. Era una toma de conciencia. Mientras muchos ven el fútbol solo como presión, él también lo miraba como privilegio. Poder vivir de la pelota. Poder levantarse para entrenar. Poder estar en una cancha. Poder dirigir. Poder competir.

-A veces me levanto y lo primero que digo es gracias. Gracias por todo lo que tengo. Lo único que le pido a Dios es salud para mis hijos.

Cuando habla de la familia, la voz cambia. Matosas conoce el éxito, pero también el dolor. La muerte de su hermana aparece como una herida profunda. De esas que no se cierran del todo. De esas que enseñan a convivir con la ausencia.

-Hay dolores que nunca se superan del todo. Uno aprende a convivir con ellos. La familia es lo más importante que tenemos y cuando alguien que amamos se va, una parte de nosotros se va con ella.

Ese costado humano explica también su manera de entender el fútbol. Para Matosas, ganar importa. Claro que importa. Nadie que haya competido de verdad desprecia la victoria. Pero la victoria no puede ser lo único. Porque cuando se apagan las luces, quedan las personas.

-Los títulos son hermosos, pero pasan. Lo que queda es la gente. Los compañeros. Los jugadores. Los amigos. Los afectos. La familia.

La entrevista se acerca al final y vuelve al punto de partida: el camino. No hay atajos. No los hay en la vida, no los hay en el fútbol, no los hay para un jugador joven, no los hay para una selección que quiera reconstruirse.

Uruguay tiene que volver a competir desde su esencia. No desde la nostalgia vacía, sino desde la raíz verdadera: formación, técnica, carácter, respeto, humildad, barrio, pelota y memoria.

Matosas lo resume sin adornos.

-El fútbol se construye desde las cosas simples. Pero las cosas simples hay que hacerlas bien todos los días.

La conversación termina y queda una sensación clara: no hablamos solo con un entrenador exitoso ni con un exfutbolista campeón. Hablamos con un hombre agradecido, marcado por la familia, por las pérdidas, por los afectos y por una convicción profunda: el fútbol, como la vida, exige recorrer el camino completo.

Porque los campeonatos se guardan en una vitrina. Las medallas se cubren de polvo. Los aplausos pasan. Pero el amor de un padre, el recuerdo de una hermana, la mano de quienes nos ayudaron sin pedir nada, el respeto por quienes vinieron antes y la gratitud por cada amanecer permanecen para siempre.

Quizá esa sea la verdadera victoria de Gustavo Matosas: haber entendido que el éxito no se mide solo por los títulos conquistados, sino por las personas que uno encuentra, por los valores que defiende y por la huella que deja en los demás.

Y quizá esa sea también una enseñanza para el fútbol uruguayo: volver a las raíces no es volver al pasado. Es recuperar lo que nunca debimos perder.

Y cuando la conversación llega a su última estación, uno entiende que Gustavo Matosas nunca habló solamente de fútbol. Habló de la vida.

Porque la vida, como una pelota rodando sobre el césped, siempre termina llevándonos de regreso a los afectos.

A la voz de un padre que todavía aconseja desde la memoria.

A la sonrisa de una hermana que ya no está, pero que sigue habitando los rincones del alma.

A los amigos que aparecen sin pedir permiso y se quedan para siempre.

A los hijos, que son la manera más hermosa que tiene el futuro de abrazarnos.

Entonces todo cobra sentido.

Los títulos, las vueltas olímpicas, las ovaciones y las fotografías terminan guardándose en un cajón del tiempo. Pero hay cosas que no envejecen. El amor no envejece. La gratitud no envejece. Los recuerdos de quienes amamos jamás se jubilan.

Quizá por eso Matosas sigue caminando con la serenidad de los hombres que entendieron lo esencial: que la verdadera victoria no es levantar una copa, sino llegar al final del camino y poder mirar hacia atrás sin deberle un abrazo a nadie, sin haberse olvidado de decir gracias y sin haber dejado de amar.

Porque, al fin y al cabo, la vida es un partido extraño y maravilloso. Un día somos los niños que corren detrás de una pelota y, sin darnos cuenta, al otro estamos contando historias y abrazando recuerdos.

Y mientras exista alguien que evoque su nombre, un consejo de su padre, una charla de vestuario o un gesto de nobleza, Gustavo Matosas seguirá jugando el partido más importante de todos: el de permanecer en el corazón de la gente.

Porque hay hombres que ganan campeonatos.

Y hay otros, los imprescindibles, que además ganan el cariño y la memoria de los demás.

Y ese triunfo, silencioso y eterno, no tiene pitazo final.

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Por Hebert Revetria

Fuente original: www.tenfield.com.uy →